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Edward permanecía de pie, inmóvil como una estatua, a pocos pasos de la boca del callejón. Tenía los ojos cerrados, con las ojeras muy marcadas, de un púrpura oscuro, y los brazos relajados a ambos lados del cuerpo con las palmas vueltas hacia arriba. Su expresión estaba llena de paz, como si estuviera soñando cosas agradables.

—Es una larga historia —los ojos de Alice se deslizaron sobre mí y se dirigieron hacia otro lado—. En pocas palabras, ella saltó de un acantilado, pero no pretendía suicidarse. Parece que últimamente a Bella le van los deportes de riesgo.

Enrojecí y miré al frente en busca de la sombra oscura, que apenas se podía ver ya. Imaginaba que ahora él estaría escuchando los pensamientos de Alice. Ahogamientos frustrados, vampiros al acecho, amigos licántropos…

Una y otra vez sentí su rostro sobre mi pelo. Me di cuenta de que quizás ésta sería la última vez que estaríamos juntos y me apreté aún más contra él.

Al menos podría volver a estar con él antes de perder la vida. Eso era mucho mejor que una larga existencia. Hubiera deseado preguntarle qué iba a suceder ahora. Ardía en deseos de saber cómo íbamos a morir,
Ahora parecía como si él me quisiera, y eso bastaba para compensar el horror de aquel túnel y de los vampiros que rondaban a nuestras espaldas.
—Mmm —dijo Edward con voz cortante.
Era el paraíso, aunque estuviéramos en el mismo centro del infierno. Perdí la noción del tiempo por completo, por lo que me entró el pánico cuando los brazos de Edward se tensaron en torno a mí y él y Alice miraron al fondo de la habitación con gesto de preocupación.
—¡Oh, mierda! —grazné con voz pastosa a causa del sueño.

—¿Qué pasa, Bella?

Le fruncí el ceño, con tristeza. Su rostro mostraba todavía más ansiedad que antes.

—Estoy muerta, ¿no es cierto? —gemí—. Me ahogué de verdad. ¡Mierda, mierda, mierda! El disgusto va a matar a Charlie.

Edward también puso mala cara.

—No estás muerta.

—Entonces, ¿por qué no me despierto? —le reté, alzando las cejas.

Estás despierta, Bella. Sacudí la cabeza.

—Seguro, seguro.
Pensé que ya te lo había explicado antes con claridad. Bella, yo no puedo vivir en un mundo donde tú no existas
¿De qué manera te puedo explicar esto para que me creas? No estás dormida ni muerta. Estoy aquí y te quiero. Siempre te he querido y siempre te querré. Cada segundo de los que estuve lejos estuve pensando en ti, viendo tu rostro en mi mente. Cuando te dije que no te quería… ésa fue la más negra de las blasfemias.
Sólo tú eres más importante que cualquier cosa que yo quiera… o necesite. Todo lo que yo quiero o necesito es estar contigo y sé que nunca volveré a tener fuerzas suficientes para marcharme otra vez.

 


—Hazme un sitio, Bella —dijo mientras bajaba un poco más la cremallera. Le miré indignada. Ahora entendía la virulenta reacción de Edward. —N-n-n-no —intenté protestar. —No seas estúpida —repuso, exasperado—. ¿Es que quieres dejar de tener diez dedos? Embutió su cuerpo a la fuerza en el pequeño espacio disponible, forzando la cremallera a cerrarse a su espalda. Y entonces tuve que cejar en mis objeciones, no tenía ganas de soltar ni una más. Estaba muy calentito. Me rodeó con sus brazos y me apretó contra su pecho desnudo de manera cómoda y acogedora. El calor era irresistible, como el aire cuando has pasado sumergido demasiado tiempo. Se encogió cuando apreté con avidez mis dedos helados contra su piel. —Ay, Bella, me estás congelando —se quejó. —Lo ssssienttoo —tartamudeé. —Intenta relajarte —me sugirió mientras otro estremecimiento me atravesaba con violencia—. Te caldearás en un minuto. Aunque claro, te calentarías mucho antes si te quitaras la ropa. Edward gruñó de pronto. —Era sólo un hecho constatable —se defendió Jacob—. Cuestión de mera supervivencia, nada más. —-Ca-calla ya, Ja-jakee —repuse enfadada, aunque mi cuerpo no hizo amago de apartarse de él—. Nnnnadie nnnnecesssita to-todos los de-dedddos. —No te preocupes por el chupasangres —sugirió Jacob, pagado de sí mismo—. Únicamente está celoso. —Claro que lo estoy —intervino Edward, cuya voz se había vuelto de nuevo de terciopelo, controlada, un murmullo musical en la oscuridad—. No tienes la más ligera idea de cuánto desearía hacer lo que estás haciendo por ella, chucho. —Así son las cosas en la vida —comentó Jacob en tono ligero, aunque después se tornó amargo—. Al menos sabes que ella querría que fueras tú. —Cierto —admitió Edward. Los temblores fueron amainando y se volvieron soportables mientras ellos discutían. —Ya —exclamó Jacob, encantado—. ¿Te sientes mejor?