Archivos para abril, 2010


—Hazme un sitio, Bella —dijo mientras bajaba un poco más la cremallera. Le miré indignada. Ahora entendía la virulenta reacción de Edward. —N-n-n-no —intenté protestar. —No seas estúpida —repuso, exasperado—. ¿Es que quieres dejar de tener diez dedos? Embutió su cuerpo a la fuerza en el pequeño espacio disponible, forzando la cremallera a cerrarse a su espalda. Y entonces tuve que cejar en mis objeciones, no tenía ganas de soltar ni una más. Estaba muy calentito. Me rodeó con sus brazos y me apretó contra su pecho desnudo de manera cómoda y acogedora. El calor era irresistible, como el aire cuando has pasado sumergido demasiado tiempo. Se encogió cuando apreté con avidez mis dedos helados contra su piel. —Ay, Bella, me estás congelando —se quejó. —Lo ssssienttoo —tartamudeé. —Intenta relajarte —me sugirió mientras otro estremecimiento me atravesaba con violencia—. Te caldearás en un minuto. Aunque claro, te calentarías mucho antes si te quitaras la ropa. Edward gruñó de pronto. —Era sólo un hecho constatable —se defendió Jacob—. Cuestión de mera supervivencia, nada más. —-Ca-calla ya, Ja-jakee —repuse enfadada, aunque mi cuerpo no hizo amago de apartarse de él—. Nnnnadie nnnnecesssita to-todos los de-dedddos. —No te preocupes por el chupasangres —sugirió Jacob, pagado de sí mismo—. Únicamente está celoso. —Claro que lo estoy —intervino Edward, cuya voz se había vuelto de nuevo de terciopelo, controlada, un murmullo musical en la oscuridad—. No tienes la más ligera idea de cuánto desearía hacer lo que estás haciendo por ella, chucho. —Así son las cosas en la vida —comentó Jacob en tono ligero, aunque después se tornó amargo—. Al menos sabes que ella querría que fueras tú. —Cierto —admitió Edward. Los temblores fueron amainando y se volvieron soportables mientras ellos discutían. —Ya —exclamó Jacob, encantado—. ¿Te sientes mejor?


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